El Club del Trueque volvió con todo en un evento en Pilar donde se reunieron mas de 50 puestos para intercambiar productos sin dinero de por medio.
Mientras desde el gobierno aseguran que lo peor ya pasó, que la economía está creciendo y que la inflación está controlada, la gente tuvo que recurrir a desprenderse de sus cosas u ofrecer servicios para cambiarlos por comida, como en la peor época del 2001.

Este sábado, Villa Astolfi fue escenario de la primera jornada de una iniciativa que reunió a cerca de 50 puestos y que busca extenderse a otros barrios de Pilar frente a las dificultades que atraviesan muchas familias para sostener sus consumos cotidianos.
La propuesta permitió intercambiar ropa nueva y usada, alimentos, bijouterie, artículos de bazar, tecnología, productos de pesca, regalos y otros bienes. También hubo servicios de peluquería y se organizaron premios y sorteos durante la jornada.
La modalidad recupera una práctica que tuvo una enorme expansión durante la crisis de comienzos de siglo: obtener un producto o servicio sin utilizar dinero, ofreciendo a cambio otro bien que pueda resultar de utilidad para la otra persona.
Sin embargo, en esta nueva edición de lo peor de la crisis, la dinámica fue más flexible: además del trueque, los vecinos tuvieron la posibilidad de realizar compras en efectivo.

Pero hay un dato que debería incomodar todavía más: según ese relevamiento, el 60% de los hogares afectados por inseguridad alimentaria está integrado por trabajadores formales.
Es decir, ya no alcanza con pensar la crisis como un problema exclusivamente asociado al desempleo o a quienes están por fuera del sistema. Hay trabajadores que tienen empleo, pero cuyo ingreso dejó de garantizarles una vida económica mínimamente estable.
El fantasma de 2001
El contexto es otro, la economía es otra y también lo son las herramientas financieras. Pero hay una semejanza mucho más elemental: cuando el dinero deja de cumplir su función para una parte de la sociedad, las personas empiezan a inventar mecanismos para reemplazarlo.
En 2001 fueron los créditos, las redes de trueque y las ferias comunitarias. Hoy pueden ser grupos de WhatsApp, ferias barriales, intercambios de productos o servicios y cualquier otra forma de economía paralela que permita conseguir aquello que el salario ya no puede comprar.

Mientras el Gobierno muestra orgulloso que se ordenaron algunas variables, celebra la estabilidad de determinados indicadores y exhibe señales de recuperación macroeconómica, para las familias argentinas es cada vez más difícil comprar alimentos. Si un trabajador debe endeudarse para llegar a fin de mes y si los comercios pierden clientes porque los salarios no alcanzan, a todas luces la recuperación económica no funciona para todos por igual.
La respuesta: tanto el presidente como el ministro de economía fueron claros al respecto en los últimos días: que cada quien se las arregle como pueda.
