Por Germán González A 16 años de su partida, el 16 de septiembre de 2010, volver a Silo no es un ejercicio de nostalgia. Es una necesidad política. Porque su pensamiento nació discutiendo con las grandes corrientes de su época…
Redacción Argentina
Por Germán González
A 16 años de su partida, el 16 de septiembre de 2010, volver a Silo no es un ejercicio de nostalgia. Es una necesidad política. Porque su pensamiento nació discutiendo con las grandes corrientes de su época y hoy, en el mundo de 2026, esas discusiones siguen abiertas.
Poner al Siloísmo en perspectiva con esas corrientes es recuperar su fuerza transformadora y demostrar su actualidad.
Frente a la tesis de que toda transformación surge de la lucha armada
Entre los años 60 y los 70, buena parte de la izquierda revolucionaria en América Latina asumió que la única salida al sistema era la lucha armada. Se instaló la idea de que la violencia armada era una herramienta legítima y eficaz para tomar el poder y desde ahí transformar la vida en sociedad.
En ese mismo momento, Silo plantea una ruptura. En La curación del sufrimiento y luego en Cartas a mis amigos en los años 90 deja en claro que la violencia no es solo física. Hay violencia económica, racial, religiosa, psicológica, moral. Responder a la violencia del sistema con más violencia no la elimina, la recicla. El que usa la misma metodología del sistema que dice combatir, termina reproduciéndolo.
Su propuesta política es otra: la No-violencia Activa. No como pacifismo ingenuo o postura moral, sino como metodología de acción, como estrategia coherente para desarticular la raíz de la violencia sin crear nuevas cadenas.
Frente a la ilusión de administrar mejor el sistema
En paralelo, la socialdemocracia y el progresismo institucional ofrecían otro camino: no hacía falta romper el sistema, alcanzaba con humanizarlo desde el Estado, con más derechos y mejor distribución.
Desde el Siloísmo se advierte que esa vía se queda corta. El problema no es solo una mala administración. El sistema mismo, en su estructura global, tiende a la concentración del poder y a la deshumanización. Se cierra el futuro. Se instala el sin-sentido.
Por eso el Siloísmo no propone solo un cambio de políticas, sino un cambio de estructuras: transformación personal y social en simultáneo. No hay transformación social profunda sin transformación personal, y no hay transformación personal real si no se traduce en acción transformadora en el medio. Una sin la otra queda trunca. Hace falta una visión psicosocial.
Frente al individuo aislado del neoliberalismo naciente
A fines de los años 70, con Friedman y Hayek como ideólogos y con las dictaduras como laboratorio en nuestra región, nace el neoliberalismo como proyecto político. Su sujeto es el individuo aislado, competitivo, consumidor, que se salva solo por mérito propio.
Frente a eso, el Humanismo Universalista inspirado en el Siloísmo propone una antropología opuesta: el ser humano es histórico, intencional, social y con capacidad de
proyectar futuro. Nadie se salva solo. La superación del dolor y el sufrimiento es una tarea colectiva, no individual. El futuro no es algo que nos pasa, es algo que construimos juntos.
¿Para qué volver a Silo hoy?
Volver a leer a Silo hoy no es un acto de nostalgia. Es una necesidad práctica. Porque las tesis de la lucha armada, volvieron en nuevas formas de violencia política y social. Porque la gestión del sistema mostró sus límites. Y porque el individuo aislado del neoliberalismo nos dejó pibes en Quilmes y en tantas ciudades de la periferia de nuestra querida región, que no encuentran registro de encaje con ningún futuro ofrecido.
Ahí es donde el Siloísmo muestra toda su vigencia. No como cita, sino como herramienta. Como un método sencillo, profundo y pedagógico que permite transformar al mismo tiempo la propia vida y el medio en el que vivimos.
Hoy, en un nuevo aniversario de la partida de Silo, el mejor homenaje que podemos hacer es no solamente recordarlo, sino usarlo. Volver a leer su obra desde lo mejor de nuestra experiencia y ponerla a dialogar con los desafíos de este tiempo, para responder a una pregunta que sigue viva en Quilmes y en cualquier barrio: ¿cómo construimos futuros que den registro, que den ganas de vivir y que nos permitan crecer sin aplastar a otros?
Invitamos a las y los lectores a redescubrir la obra de Silo y a profundizar en el Siloísmo en esta nueva lectura. No para cerrar un debate, sino para abrir una herramienta que nos hace mucha falta ahora.
Redacción Argentina
