Transformación personal y social para una Revolución No Violenta y la necesidad del trabajo en la base social
Queridas amigas, amigos:
Muchas gracias por la invitación a esta Universidad de Verano del Movimiento Humanista. que me da la oportunidad de volver a este maravilloso Parque de Estudio y Reflexión de Toledo y de compartir con ustedes algunas reflexiones sobre el tema que nos convoca.
Quiero empezar con algo que para mí es fundamental, algo que no me canso de repetir: ningún gran cambio en la historia de la humanidad se produjo porque a alguien “arriba”, en la cúpula del poder, se le ocurrió que era una buena idea. Ninguno. Jamás.
La abolición de la esclavitud no la decidió un rey generoso un buen día. La jornada laboral de ocho horas no fue un regalo de los industriales. El fin de la segregación racial en Estados Unidos no lo concedió el establishment por voluntad propia. El voto de las mujeres no cayó del cielo. El matrimonio igualitario no se logró porque los parlamentos se despertaron progresistas una mañana. Hasta la Ley de la Silla en Chile —algo tan elemental como el derecho de un trabajador a sentarse mientras trabaja— tuvo que ser peleada, organizada y conquistada desde abajo, a través de la movilización social.
Todos, absolutamente todos los grandes logros del ser humano se produjeron gracias a la organización social. A la acción coordinada de personas comunes que dijeron «basta» y se pusieron en marcha.
Hoy nos convoca el tema de la transformación personal y social para una revolución no violenta. Y la pregunta de fondo es: ¿por qué es necesario el trabajo en y con la base social?
No voy a entrar en un largo análisis sobre el fin de época que estamos viviendo. Ustedes lo saben muy bien. Lo sienten en el cuerpo, en la incertidumbre, en lo que pasa a nuestro alrededor. No se trata solo de que «las cosas van mal». Lo que se está agotando es algo mucho más profundo: todo un modelo civilizatorio. Y no solo el occidental —que evidentemente se cae a pedazos—, sino el conjunto de civilizaciones que tienen sus raíces en los mitos agrícolas del neolítico y que se fueron estructurando durante milenios en imperios, en estados nacionales, en sistemas financieros globales.
Hoy esas estructuras muestran grietas en todas partes. Y entonces surge la pregunta: ¿quién puede coordinar hoy una respuesta global a las crisis que enfrentamos?
Miremos las opciones.
¿El Estado nacional? Está capturado por el paraestado financiero. Ya no responde a sus pueblos, responde a los mercados. Lo vemos en todas partes: gobiernos que prometen una cosa y hacen otra porque los verdaderos hilos los mueven desde afuera.
¿El Estado imperial? ¿Ese que tiende a concentrar todo el poder en una persona, en un grupo pequeño?. Es precisamente lo que estamos viendo proliferar, y lo que genera no es orden sino caos.
¿Las Naciones Unidas? Su base son esos mismos estados nacionales en crisis, y su control depende de los estados imperiales. Sufre la misma enfermedad. Se ha vuelto inoperante.
¿El paraestado financiero, los grandes capitales? Están básicamente aterrados de su propio colapso. Su lógica interna los obliga a seguir acumulando, no pueden hacer otra cosa. Claramente NO van a salvarnos.
Entonces, ¿qué nos queda?
La crisis parece terminal. Y lo digo sin dramatismo, porque no se trata de asustarnos sino de mirar de frente. Son demasiadas contradicciones acumuladas, demasiado arrastre histórico, para apostar a que este orden mundial se pueda reformar y sostener. Este Sistema no es perfectible. Esta crisis va a continuar. Y en definitiva va a enfrentar a los poderes del Estado —con sus ejércitos y su aparato represivo— contra los poderes del dinero. Y no habrá derecho internacional que nos ampare.
¿Puede surgir un Gorbachov occidental, alguien que desde el poder acepte la pérdida y negocie un nuevo orden con más humanidad? Siempre es posible. Ojalá. Pero no podemos quedarnos esperando a que eso ocurra.
Aquí es donde entra la propuesta del Humanismo Universalista.
Porque la pregunta verdadera que nos reúne no es «cómo derrotamos al poder». No es «cómo nos tomamos el gobierno» ni «cómo desarmamos al enemigo». La pregunta es mucho más profunda y a la vez mucho más concreta: ¿qué podemos hacer para fortalecer al ser humano? ¿Cómo fortalecemos su sistema de relaciones en torno a la reciprocidad? ¿Cómo hacemos viva, cotidiana, palpable, esa moral básica de tratar a los demás como queremos ser tratados? ¿Cómo construimos una forma de lucha que no reproduzca la violencia del sistema que necesitamos superar?
Y fíjense en algo, porque esto es el corazón mismo de nuestra propuesta: La revolución humanista no es tomarse el poder. Tampoco es simplemente desarmar el poder. La revolución humanista es construir el poder del ser humano. Es resistir toda forma de violencia. Es hacer el vacío a toda propuesta que no renuncie a la violencia. Y simultáneamente —no después, no cuando «las condiciones estén dadas», sino ahora mismo— ir construyendo comunidad. Comunidad real, solidaria, basada en la reciprocidad. Construir Comunidad mientras los centros de poder actuales se van desintegrando por su propia contradicción interna.
Y este «construir el poder del ser humano» tiene dos caras que son inseparables.
La primera es la transformación interna.
No hay revolución no violenta posible sin un cambio profundo en cada uno de nosotros. Sin ese trabajo interior que nos conecta con lo mejor que tenemos. Sin esa experiencia de lo Profundo que da sentido, dirección y fuerza a lo que hacemos. La búsqueda de la paz interna. La coherencia entre lo que se piensa, lo que se siente y lo que se hace. Los Principios de Acción Válida como guía cotidiana, no como mandamientos abstractos, sino como herramientas vivas para tomar decisiones, para relacionarnos, para actuar en el mundo.
Y la Fuerza. Esa energía que no viene de la agresividad ni de la imposición, que no se alimenta del odio al adversario, sino que brota de lo más hondo de lo humano. Una Fuerza que nos permite actuar en el mundo sin violencia, pero sin debilidad. Sin fanatismo, pero sin tibieza.
En un mundo que nos dice que el poder viene de la fuerza bruta, del dinero o de la manipulación, nosotros proponemos otra cosa: un poder que nace de adentro y que se irradia hacia afuera en forma de acción transformadora. ¿Se dan cuenta de lo revolucionario que es esto?
La segunda cara es la construcción social.
Y aquí vuelvo a lo que decía al principio. Todos los grandes cambios vinieron desde la base, por el fortalecimiento de la organización y la movilización social No Violenta.
Por eso necesitamos el trabajo en la base social. Y ojo: no estoy hablando de una estrategia política tradicional. No estoy hablando de «captar militantes» ni de «ampliar la estructura». Estoy hablando de algo distinto y más profundo: la construcción paciente, persona a persona, de redes humanas basadas en la solidaridad, la no discriminación y el derecho de cada uno a elegir lo mejor para su vida.
Una verdadera revolución no violenta es fortalecer al ser humano para un cambio interno profundo. Y al mismo tiempo, fortalecer la organización, la capacidad de coordinarnos, de actuar juntos, de darnos respuestas mutuamente cuando las instituciones fallan.
Porque una cosa sin la otra no alcanza. La transformación personal sin acción social se vuelve auto-complacencia, refugio individual, nueva forma de evasión. Y la acción social sin transformación interna reproduce las mismas violencias, las mismas miserias del sistema que se quiere cambiar. Hemos visto esto mil veces en la historia.
El Documento Humanista nos da el marco, la visión del mundo, la propuesta concreta para la acción en todos los campos. La espiritualidad de lo Profundo nos da la conexión con aquello que da sentido a todo lo demás. Los Principios y la Fuerza nos dan las herramientas para la acción cotidiana.
Y estos Parques de Estudio y Reflexión son la expresión viva de esa búsqueda. Son espacios donde confluye la diversidad. Donde nos encontramos humanistas de distintos orígenes, lenguas y culturas. Donde se trabaja en esa doble dirección: hacia adentro, en la profundización personal, y hacia el mundo, en la construcción de lo nuevo.
Los seres humanos necesitamos fortalecernos espiritual, cultural y organizativamente. Sobre todo, cuando las instituciones se nos vuelven en contra. Cuando son manipuladas, usurpadas por una persona, un grupo, una minoría o incluso una mayoría que impone su voluntad.
En esos momentos —y este es uno de esos momentos— el único camino es volver a lo esencial: al ser humano, a su capacidad de organizarse, a su decisión de cambiar desde adentro y desde abajo.
Eso es exactamente lo que estamos haciendo aquí. Reunirnos, intercambiar, estudiar, reflexionar, profundizar. No como un ejercicio intelectual sino como preparación real para la acción transformadora.
Porque si algo nos enseña la historia es que los cambios no se esperan: se construyen. Se construyen desde el encuentro entre personas que comparten una dirección y están dispuestas a ponerse en marcha.
Entonces me queda más claro que nunca aquello que decía Silo: «El mundo, más que en otros momentos, está necesitando al Humanismo y nosotros estamos necesitados de Humanismo porque claramente nos urge la humanización progresiva del mundo.»
Así es que bienvenidos a estos tres días de trabajo. Bienvenidos a esta Universidad de Verano. Que sea un firme, alegre, decidido paso en la construcción de esa revolución no violenta que tanto necesita el mundo.
Paz, Fuerza y Alegría para todos.
Redacción Madrid
