¿Acaso alguna vez, en tu pesar o confusión, has apelado al recuerdo de alguien que, existente o no, acudió como reconfortante imagen? Esta frase, extraída del libro Humanizar la Tierra (capitulo XVII del Paisaje Interno) nos habla del Guía interno, una poderosa visión capaz de inspirar, proteger, aclarar y acompañar nuestro diario vivir.
Las distintas culturas han generado diferentes guías desde sus necesidades de supervivencia y evolución. En ocasiones, recrearon sus mejores sentimientos o sus pedidos de ayuda invocando figuras antropomórficas. En otras, ponderaron con emoción imágenes asociadas al entorno natural. Experiencias no habituales, comprensiones magníficas incluso llevaron a distintos pueblos a abandonar la visualización y concentrarse en el sentimiento de comunión con lo inefable, lo inasible, aquello que intuyeron ligado a la eternidad.
El aspecto común de todas esas experiencias, cualesquiera fuera el destinatario de sus agradecimientos o súplicas, fue la devoción con la que se dirigían a esas entidades. Esa sacralidad con la que cada pueblo y cada individuo investía a sus Guías era una fuerte carga energética depositada, que volvía a los fieles en momentos de necesidad.
No se crea que esto solo sucede en comunidades religiosas o creyentes. El mismo mecanismo actuó y continúa actuando también entre quienes adhieren al ateísmo o al agnosticismo, solo que el objeto de veneración asume otras características.
Los tres atributos
En el pasaje citado del libro de Silo se señala una precisión fundamental: “Un modelo de ese tipo «posee» tres importantes atributos: fuerza, sabiduría y bondad.”. Sin duda que estas virtudes conllevan una dirección que nos motiva a sumergirnos conscientemente en una relación de confianza y profunda cercanía con el Guía.
Los mejores Guías, lejos de exigir sometimiento o humillación, nos impulsan a superar el sufrimiento, a desarrollar nuestras capacidades, a convertirnos en aliados y hermanos de los demás. Los mejores Guías nos ayudan a explorar caminos que antes parecían clausurados, a entrever posibles soluciones a las adversidades, a sentirnos fortalecidos en momentos de debilidad.
Los mejores Guías no dan órdenes, sino que sugieren alternativas capaces de movilizarnos. No imponen imaginarios oscuros, ni apelan al castigo ni a la obediencia. Lejos de eso, nos levantan el ánimo, nos entregan sensaciones de alegría y de confianza en nosotros mismos.
Los mejores Guías aman la libertad, expanden el horizonte, impregnan atmósferas con humor, descartan la soberbia, exhortan a aprender sin límites.
Los mejores Guías nos aconsejan de manera suave, no prometen, ni extorsionan con ficticios paraísos. Tienen la enorme potencia que la Humanidad deposita al ponerlos en presencia.
Los mejores Guías, aunque la vivencia de su presencia sea nítida, nos advierten que su hábitat está dentro de nuestra conciencia. Estos Guías pueden ser considerados mediadores con tiempos y espacios sagrados. Asimismo nosotros, los seres humanos, podemos considerarnos mediadores entre aquellos espacios y el mundo sensible que nos rodea e incluye.
Los mejores Guías dejan enseñanzas para quien se disponga a estudiarlas, no compiten entre sí, sino que comprenden que son parte de relatos míticos oportunos que dan orientación en momentos de caos e incertidumbre.
El Día del Guía
Cada 16 de Septiembre (en el calendario solar impuesto por el catolicismo), siento la necesidad de proclamar a los cuatro vientos mi agradecimiento a Silo, a quien venero como Maestro y Guía. Si bien entiendo lo poco sensato que es fijar en una fecha anual una práctica cotidiana, me complace celebrar junto a cientos de miles de personas ese día la vida y la obra de quien las ofrendó generosamente a la Humanidad.
La partida de ese gran Ser de este plano de la existencia, la íntima certeza de su presencia en mi corazón y de su fecunda influencia en mis acciones y en las de muchas personas que nos acompañan en la tarea, me abrió la puerta a un tipo de inmortalidad que me llena de sentido. Cultivar su enseñanza humanizadora intentando, a pesar de las dificultades y los errores, ser coherente con ella, es lo mejor que puedo sugerir a otros. Como dijo en Punta de Vacas en una de sus exposiciones públicas, “es el intento que vale la pena vivir”.
Otros compañeros y compañeras de camino identifican este día como el Día de la Inmortalidad, reafirmando así la valiente rebelión humana ante el absurdo de la muerte. Participo de ese desafío y comparto el espíritu heroico que anima la posibilidad de una existencia que trascienda la finitud corporal. Y en el intento de sembrar regocijo celebrando la certeza de un futuro humano inagotable, propongo agregar en el calendario de los infinitos mundos la denominación con la que intitulé esta nota.
El Día del Guía podría ser entonces un momento en el que podemos festejar el advenimiento próximo de una Nación Humana Universal, una conjunción intencional de la diversidad que abrirá las puertas a tiempos de armonía, de paz, de sentido y crecimiento colectivo.
Javier Tolcachier
