Tras una conversación con Luis Carlos Zamora Cano, desde Pereira, Colombia
Por Tino Prieto
El terremoto de magnitud 7,4 que sacudió Colombia el 10 de agosto de 2026 dejó una profunda huella humana y material en Pereira. En barrios como La Lorena y Providencia, las viviendas derrumbadas, las calles cubiertas de escombros y las familias acogidas en instalaciones comunitarias muestran la dimensión de una emergencia que todavía no ha terminado.
Las fotografías tomadas por Luz Mirian Ricaurte no hablan únicamente de edificios destruidos. Hablan de vidas interrumpidas, de hogares que guardaban recuerdos, proyectos y afectos; de personas que esperan noticias de quienes podrían continuar bajo los escombros; de mujeres y hombres, niñas y niños que ahora comparten colchones, mantas, incertidumbres y esperanzas.
La vida humana, en el centro
Durante una conversación con Luis Carlos Zamora Cano, desde Pereira, aparece una preocupación que debe situarse por encima de cualquier otra consideración: rescatar a quienes todavía puedan encontrarse atrapados y atender dignamente a todas las personas afectadas.
Mientras los equipos de emergencia trabajan entre estructuras inestables, la comunidad organiza espacios de acogida y procura responder a las necesidades más inmediatas. Hay familias que han perdido sus casas; otras no pueden regresar a ellas por los daños sufridos o por el riesgo de nuevos derrumbes. Muchas esperan información, alimentos, agua, medicamentos o la posibilidad de comunicarse con sus seres queridos.
La emergencia no puede reducirse a cifras. Cada persona desaparecida tiene un nombre, una historia y una red de afectos que la busca. Cada vivienda destruida era mucho más que una construcción: era un lugar de pertenencia, una memoria compartida y, muchas veces, el resultado del trabajo de toda una vida.
Las tareas de búsqueda se han desarrollado contrarreloj en Pereira y otras ciudades afectadas. Al mismo tiempo, se han habilitado albergues para quienes no pueden volver a sus hogares. Los balances continúan siendo provisionales y cambian a medida que avanzan las labores de rescate y evaluación de daños.
Una comunidad que sostiene
En medio de la destrucción aparece también otra imagen: la de una comunidad que no permanece indiferente.
Personas voluntarias, equipos de socorro, profesionales de la salud y habitantes de los barrios colaboran en la búsqueda, la atención y el acompañamiento. Las instalaciones comunitarias se transforman en lugares de refugio; el suelo se cubre de colchones y mantas; la comida, el agua y la información comienzan a circular de mano en mano.
Esta solidaridad no elimina el dolor ni sustituye las responsabilidades del Estado. Sin embargo, revela algo profundamente humano: frente al sufrimiento ajeno, muchas personas eligen acercarse, cuidar y ayudar.
Desde una mirada humanista, esta respuesta comunitaria posee un enorme valor. Reconocer al otro y a la otra como semejantes significa comprender que su dolor también nos concierne. Significa actuar sin preguntar primero por su origen, su situación económica, sus ideas o sus creencias. Ante la emergencia, toda vida tiene el mismo valor y toda persona merece protección.
Pero no debe romantizarse la capacidad de resistencia de quienes lo han perdido todo. La solidaridad vecinal es imprescindible, aunque no puede convertirse en una excusa para la ausencia institucional. Las comunidades necesitan una intervención pública coordinada, transparente y permanente.
La responsabilidad de las instituciones
Luis Carlos Zamora Cano señala la necesidad de que se restablezcan cuanto antes las comunicaciones y las vías públicas. Recuperar la conexión entre los barrios y el resto de Pereira resulta fundamental para que puedan llegar los equipos de rescate, los suministros, la atención sanitaria y las ayudas necesarias.
La actuación de las autoridades debe garantizar, como prioridades, la búsqueda de personas desaparecidas, la atención integral de quienes resultaron heridas, el alojamiento digno de las familias desplazadas y una evaluación rigurosa de las edificaciones afectadas.
También será necesario elaborar censos transparentes, informar con claridad y asegurar que las ayudas lleguen a todas las personas, especialmente a quienes se encuentran en situaciones de mayor vulnerabilidad: la infancia, las personas mayores, quienes tienen alguna discapacidad, las familias con menos recursos y quienes han perdido su documentación o sus medios de subsistencia.
La reconstrucción no puede limitarse a retirar escombros y levantar nuevamente paredes. Tendrá que reparar comunidades, restablecer derechos y ofrecer seguridad. Las familias afectadas deben participar en las decisiones sobre su futuro y recibir garantías de que ninguna será desplazada, olvidada o condenada a una precariedad prolongada.
Reconstruir sin dejar a nadie atrás
Las imágenes de La Lorena y Providencia muestran la fragilidad de las construcciones, pero también interpelan a toda la sociedad acerca de las desigualdades que una catástrofe deja al descubierto y, con frecuencia, profundiza.
Los desastres naturales no afectan a todas las personas de la misma manera. Quienes viven en edificios más vulnerables, carecen de ahorros o dependen del trabajo diario encuentran mayores dificultades para recuperarse. Por eso, una reconstrucción verdaderamente humana deberá guiarse por la justicia social y no por los intereses inmobiliarios o la capacidad económica de cada familia.
Pereira necesita ahora solidaridad nacional e internacional, recursos suficientes y una acción pública que ponga la vida por delante de cualquier cálculo. Necesita también memoria: recordar a quienes murieron, acompañar a quienes buscan a sus seres queridos y escuchar a quienes sobrevivieron.
Entre los escombros permanecen el dolor y la incertidumbre, pero también una fuerza colectiva que se niega a abandonar a nadie. Esa fuerza se expresa en cada mano que retira una piedra, en cada alimento compartido, en cada colchón extendido y en cada persona que continúa esperando un rescate.
La reconstrucción material llevará tiempo. La reconstrucción humana comenzará cuando cada familia pueda sentirse protegida, escuchada y acompañada. Porque una sociedad se humaniza no solamente cuando se levanta después de una tragedia, sino cuando decide levantarse unida.
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Tino Prieto Aguilar
