Entiendo que a partir de hoy se inicia el plazo para la elaboración del nuevo expediente técnico para la “mejora” del Campo de Marte, uno de los parques urbanos más emblemáticos de Lima Metropolitana. Coloco “mejora” entre comillas porque convendría comenzar por preguntarnos qué entendemos realmente por mejorar un parque urbano y cuáles deberían ser los criterios que orienten dicha mejora.
Para algunos enfoques, la modernización de un parque puede asociarse con la incorporación de más infraestructura, cemento, instalaciones y equipamientos. Sin embargo, esta perspectiva puede terminar subordinando las áreas verdes a la infraestructura y convirtiendo la naturaleza en un componente accesorio frente a un supuesto interés exclusivamente humano.
Desde una perspectiva de Ciencias Forestales para la Vida, el punto de partida debería ser diferente. El corazón de un parque urbano no es el cemento, sino el florecimiento de la vida, tanto humana como más-que-humana. La infraestructura es un medio y no el fin. Por ello, el objetivo fundamental de un parque urbano debería ser contribuir simultáneamente al bienestar humano y al bienestar de los ecosistemas y de las comunidades de vida que lo conforman.
Esta perspectiva supone superar una concepción estrictamente antropocéntrica de los beneficios de los parques urbanos. Es cierto que los espacios verdes contribuyen a generar ambientes saludables y equilibrados para las personas; sin embargo, la comprensión contemporánea de las relaciones entre sociedad y naturaleza invita a reconocer que humanos y naturaleza no constituyen entidades completamente separadas. Somos parte de sistemas socioecológicos en los que las distintas formas de vida mantienen relaciones de interdependencia.
Si entendemos, entonces, que los beneficios de los parques urbanos deben atender tanto al bienestar humano como a la integridad y continuidad de la vida que los habita, la orientación del diseño y de la gestión cambia sustancialmente. Esta perspectiva permite comprender que la vegetación del Campo de Marte y la fauna silvestre asociada —permanente o esporádica— no constituyen elementos decorativos, sino componentes fundamentales del sistema socioecológico urbano.
La afectación o pérdida de árboles y de otros componentes de la vegetación no debería abordarse únicamente desde la lógica de “reemplazar individuos”. No se trata simplemente de sustituir árboles muertos por nuevos ejemplares. Se trata de reconocer que existe una afectación de seres vivos, de hábitats, de relaciones ecológicas y de procesos socioecológicos que requieren ser recuperados y fortalecidos. Más allá de nuestras diferencias, las demás formas de vida merecen consideración, respeto y condiciones para su continuidad.
Las discusiones contemporáneas sobre las relaciones entre sociedad, cultura y naturaleza muestran que estas categorías no pueden comprenderse adecuadamente como entidades absolutamente separadas. Algunas perspectivas cuestionan la dicotomía naturaleza-cultura; otras reconocen su unidad, aunque admitan diferencias analíticas entre ambas; y otras, aun partiendo de una perspectiva centrada en la singularidad humana, sostienen que precisamente esa condición incrementa nuestras responsabilidades respecto de la naturaleza.
Lo que está siendo cuestionado, en cualquiera de estos casos, es la idea de que los árboles —tanto en ambientes naturales como urbanos— solo tienen valor en función de su utilidad para los seres humanos. En este marco cobran relevancia los debates sobre los Derechos de la Naturaleza, entendidos como el reconocimiento de la necesidad de que los sistemas naturales puedan mantener sus procesos ecológicos, reproductivos y regenerativos, así como de que los daños ocasionados puedan ser reparados. Esta perspectiva conduce también al reconocimiento de los Derechos Bioculturales y de una ética biocultural, orientada a fortalecer formas de convivencia respetuosa entre humanos y otras formas de vida, reconociéndonos como cohabitantes de la Tierra.
Hacia un Parque Metropolitano para la Vida
Bajo estas premisas pueden formularse diversas ideas para el rediseño del Campo de Marte. No obstante, es importante señalar que se trata de una propuesta inicial que debería ser sometida a deliberación y enriquecimiento mediante mecanismos efectivos de participación ciudadana.
La participación no debería limitarse a la fase de diseño. Debería comprender todo el ciclo del proyecto: conceptualización, diseño, ejecución, gestión, mantenimiento, monitoreo y continuidad. El propósito es construir colectivamente el concepto y el futuro del Campo de Marte.
En este sentido, sería conveniente revisar el concepto de “Modernización del Campo de Marte” y reorientarlo hacia una visión más integral: Campo de Marte, Parque Metropolitano para la Vida.
Este cambio no sería meramente semántico. Implicaría modificar el paradigma desde el cual se concibe, diseña y gestiona el parque. El Campo de Marte podría dejar de ser entendido principalmente como un “área verde” y pasar a ser concebido como una infraestructura socioecológica metropolitana, en la que naturaleza, ciudadanía, memoria y territorio constituyen dimensiones interdependientes de un mismo sistema socioecológico.
Desde esta perspectiva, el Parque Metropolitano para la Vida debería organizarse alrededor de cuatro grandes dimensiones:
VIDA → biodiversidad, árboles, suelo, agua y fauna.
CIUDAD → accesibilidad, movilidad, recreación y seguridad.
MEMORIA → patrimonio, historia e identidad.
COMUNIDAD → participación, educación, cultura y gobernanza.
Estas dimensiones no deberían entenderse como compartimentos separados. Por el contrario, constituyen ámbitos interrelacionados que permiten integrar el bienestar humano con el bienestar de los ecosistemas.
Un parque para el bienestar humano y el bienestar de los ecosistemas
Si el objetivo del Parque Metropolitano para la Vida es contribuir simultáneamente al bienestar humano y al bienestar de los ecosistemas, el diseño debería proporcionar oportunidades diversas para las personas y, al mismo tiempo, condiciones favorables para el florecimiento de otras formas de vida.
Aportes para el bienestar humano
- Espacios para caminar.
- Espacios para correr, jugar y realizar actividad física.
- Espacios para celebrar, bailar y danzar.
- Espacios para el discurso, el teatro y las expresiones artísticas.
- Espacios para contemplar y meditar.
- Espacios para dibujar y pintar.
- Espacios para leer.
- Espacios para conversar.
- Espacios para celebrar la vida y la familia.
- Espacios de interculturalidad.
- Espacios para encuentros multigeneracionales.
- Espacios especialmente pensados para niñas y niños.
- Espacios para el arte y la cultura.
- Espacios seguros y accesibles.
Aportes para el bienestar de los ecosistemas
- Espacios para el establecimiento y recuperación de hábitats.
- Refugios para la fauna.
- Espacios de conectividad ecológica.
- Espacios para el florecimiento de la biodiversidad nativa.
- Jardines botánicos y colecciones vegetales organizadas según criterios ecológicos y educativos.
- Espacios amigables para polinizadores, incluyendo aves e insectos.
- Espacios para la recuperación y conservación del suelo.
- Espacios para favorecer la infiltración y la fluidez natural del agua.
- Áreas de vegetación de diferentes estratos y edades.
- Espacios de regeneración ecológica.
El diseño debería, por tanto, buscar una relación de complementariedad entre las necesidades humanas y las necesidades ecológicas del parque, evitando que las primeras se satisfagan a costa de las segundas.
Rodrigo Arce Rojas
