En agosto de 2026, Martica Lozano participó en el Retiro del Silencio realizado en Pontevedra, España, una experiencia orientada a propiciar un espacio de recogimiento, reflexión y conexión con la propia interioridad.
Compartimos a continuación su testimonio, como expresión personal de lo vivido durante esos días y de las resonancias que esta experiencia dejó en ella.
Llegué con esa cautela que aparece cuando todavía no conozco el paisaje humano que tengo delante. Éramos once. A unos los conocía, a otros todavía no. Una parte de mí permanecía recogida, observando detrás de una puerta entreabierta. Sí, una es tímida.
No sé en qué momento empezó a suceder: quizá fue una conversación, una mirada sincera, una reflexión sin pretensión, una risa.
Lo cierto es que nadie llamó a aquella puerta y, sin embargo, comenzó a abrirse: Rosa A, Juan, Hanibal, Javier… Fueron entrando despacio, sin invadir, como entra la luz en una habitación cuando alguien levanta una persiana con mucho mimo. Y fui reconociendo algo que siempre conmueve cuando aparece: gente de bien, gente que no necesita explicar demasiado porque hay algo en su manera de estar que ya habla por sí mismo, gente luminosa.
Y con quienes ya conocía, no hubo descubrimiento sino profundidad. Algunos vínculos que ya existían, ahondaron un poco más como raíces que encuentran agua después de mucho tiempo creciendo bajo tierra.
La casa también pareció acompañar el proceso: era grande, con árboles cargados de fruto, gallinas, agua, cielo, rincones abiertos. Todo parecía hablar de algo que madura sin ruido.
El silencio fue ocupándolo todo, era un silencio vivo, un espacio lleno de algo que no necesitaba palabras para ser reconocido. Hace tiempo que el silencio forma parte de mi proceso. El ruido mental se ha ido retirando y cada vez me resulta más familiar ese lugar donde las cosas dejan de empujar desde dentro.
Sin embargo, este encuentro me mostró otra dimensión: esta vez pude sentir el silencio entre nosotros. Cuando varias personas dejan de llenarlo todo con su propio ruido, aparece un espacio común. Entonces las fronteras se vuelven más ligeras, una emoción dicha por uno comienza a resonar en otro, una comprensión deja de ser privada.
Y algo semejante a una gran respiración empieza a suceder entre todos. Trabajamos así, escuchando, buscando aquello lejano que apenas podía percibirse, compartiendo después sentimientos, registros y comprensiones.
Y poco a poco la casa dejó de contener simplemente a once personas: se fue formando un ámbito, una intimidad sin posesión, una especie de familia nacida del tiempo compartido y de la profundidad compartida.
Entre todos los momentos hubo uno que todavía continúo sintiendo.
Nos sentamos en círculo donde cada uno sostenía a los más cercanos cogidos de las manos.
Pachi invocó al Guía, su voz atravesó el espacio. Respondimos “danos tu Fuerza”. Volvió a pronunciarla, volvimos a responder. Una vez. Otra. Otra más. Y la intensidad comenzó a crecer.
Las palabras seguían siendo las mismas, pero las sentía de manera diferente: primero las decía mi voz, instantes más tardes las pronunciaba mi corazón. Y mi voz empezó a quebrarse, quebrándose algo más profundo.
Rosa A y Pachi se hermanaron unidos por las manos conmigo. A través de ellos, llegó la Fuerza del conjunto. El límite cedió, apareciendo algo ya vivido en la disciplina material: el oro. Sentí un huevo dorado dentro de un espacio sin localización, con forma cerrada, concentrada.
Y de pronto, atravesada por el calor de aquella energía compartida, la superficie comenzó a resquebrajarse. Y apareció un polvo finísimo, luminoso, inagotable, polvo de proyección, expandiéndose sin límites con paz, fuerza y alegría. En ese momento, la energía no parecía desplazarse de una persona a otra. Era como si hubiéramos entrado todos en algo que ya estaba allí: algo inmenso, una corriente anterior a nosotros. Esa fraternidad nos había unido desde siempre.
Sentí una unión profunda con el Universo. Pero ni siquiera “Universo” alcanza a nombrar aquel registro. Era más atrás, más adentro, un lugar anterior a los nombres, a las historias personales, a las diferencias. Allí no había once, había una misma materia tomando once formas, una misma intención mirando desde once lugares, una misma energía reconociéndose. Aquel polvo era oro no por su brillo y perfección sino porque podía multiplicarse.
Han pasado dos días. Regresando a casa aún, siento ese registro con una vibración profunda.
Hay experiencias que conmueven y quedan ahí. Y existen algunas, muy pocas, que modifican la posición desde la que una mira la propia vida. Ésta pertenece a esas últimas.
Regreso agradecida por los que estaban, por los que llegaron, por quienes entraron en mi corazón sin que casi me diera cuenta, por las comprensiones compartidas, por el cariño, por el silencio…
El círculo quedó dentro, todavía puedo sentirlo. La voz elevándose, la emoción creciendo, la voz quebrándose, atravesándonos la Fuerza. Y aquel polvo luminoso expandiéndose hacia todas partes con dirección, expansión y entrega.
Debajo de todas nuestras diferencias, sigue latiendo una misma raíz, ninguna transformación verdadera termina en quien la experimenta y cuando una pequeña partícula de oro ha sido liberada, comienza un movimiento que no se puede detener.
Y si alguna vez vuelvo a olvidar aquella noche, sólo tendré que regresar al silencio: allí seguirá el círculo y la Fuerza.
Y en algún lugar que no pertenece ni al tiempo ni al espacio, seguirá rompiéndose eternamente aquel huevo de oro porque hay experiencias que no terminan nunca.
Redacción Perú
