Como hemos anunciado en artículo sobre la apertura de la 4ª edición de la Universidad de Verano del Humanismo Universalista, el siloista Eduardo Gozalo habló en la mesa de apertura sobre la reconciliación como un elemento fundamental para ganar en paz interna y liberar energía que nos permita elevar el nivel de conciencia, y, como consecuencia para una revolución noviolenta.
Reproducimos el texto base de su intervención, que podéis ver en este ENLACE.
Imágenes de Pepi Muñoz y Juan Carlos Marín
Sobre la RECONCILIACIÓN
«La reconciliación es el paso más avanzado respecto del perdón o el olvido. El aparente olvido es una anestesia que sigue dando señales que no se quieren ver y es un factor de sufrimiento permanente que aparece en sueños, ensueños y problemas psicofísicos como una espina clavada de la cual surge un reguero de sangre.
En el perdón una de las partes se pone en posición superior al otro, aunque es superior este paso a la venganza que tanto daño ha hecho en forma de sufrimiento personal y social.
En cuanto a la reconciliación busca integrar la experiencia y modificar la respuesta para lograr unidad interna.
El olvido como pseudo-solución
El olvido voluntario no es un trabajo sobre el contenido psíquico sino una operación de supresión de la conciencia sobre él. El material no desaparece: se desplaza hacia capas más profundas del funcionamiento psíquico donde sigue operando con plena eficacia, pero sin supervisión consciente. De ahí la imagen exacta que se puede usar: la espina que no se ve, pero supura constantemente. En términos funcionales, el registro de la herida continúa activando respuestas de protección, alerta o retirada cada vez que aparece algo que el sistema asocia —a veces de modo muy indirecto— con la situación original.
El sueño y el ensueño son precisamente los espacios donde la censura consciente se relaja y ese material emerge con libertad. Los síntomas psicofísicos —tensiones, contracturas, perturbaciones digestivas, fatiga inexplicable— son otra vía de expresión del mismo contenido reprimido. El olvido no resuelve nada: administra el daño para que no interrumpa el funcionamiento cotidiano, pero a un coste energético permanente.
El perdón como asimetría
El perdón es un paso cualitativamente superior al olvido porque implica un movimiento activo de la conciencia sobre el contenido doloroso: lo reconoce, lo nombra, y decide no responder con venganza ni con resentimiento continuado. Esto es un trabajo real y su valor no debe subestimarse.
Pero quien perdona se sitúa, aunque sea implícitamente, en una posición de superioridad moral. Yo tengo la potestad de absolverte. Esto puede ser perfectamente sincero y aun así contener una jerarquía que no termina de disolver la escisión entre las partes. El perdonado queda en deuda —real o simbólica— con quien perdona. Y quien perdona conserva, a menudo sin advertirlo, una cierta posición de víctima redimida: su identidad sigue organizada en torno a la herida, aunque ahora con un signo moralmente más elevado.
Frente a la venganza —que perpetúa el daño multiplicándolo y encadenando a ambas partes en un ciclo que puede durar generaciones, como demuestran los conflictos sociales e históricos— el perdón representa un corte. Pero un corte que puede dejar el hilo todavía tenso.
La reconciliación como integración
La reconciliación, apunta a algo cualitativamente distinto: no se trata ya de gestionar la herida (olvido) ni de liberarse de ella manteniendo su registro (perdón), sino de integrar la experiencia como formadora. Esto implica varios movimientos simultáneos:
Primero, reconocer la experiencia dolorosa sin negarla ni magnificarla. Verla tal como fue, con la mayor objetividad posible, incluyendo la comprensión de los factores que llevaron al otro a actuar como actuó —sus propias limitaciones, miedos, condicionamientos—. Esto no es justificar sino comprender, y la comprensión disuelve parte del veneno.
Segundo, modificar la respuesta interna. El daño produjo una pauta de respuesta —desconfianza, cierre, agresividad defensiva, retirada— que probablemente se generalizó más allá de la situación original, afectando vínculos y contextos que no tienen relación con ella. La reconciliación supone trabajar sobre esas pautas para que dejen de operar de modo automático.
Tercero, y esto es lo más profundo: lograr la unidad interna.
Mientras el contenido doloroso permanece escindido —reprimido o perdonado, pero no integrado—, hay una parte del psiquismo que opera de modo autónomo, en sentido contrario a la intención consciente. La integración significa que esa energía queda disponible, que ya no consume recursos en mantener la escisión.
Una observación final
Hay una paradoja en todo esto: la reconciliación genuina no siempre requiere al otro. Puede realizarse internamente incluso cuando el otro está ausente, ha muerto, o se niega a participar. Lo que se reconcilia es la propia relación con la experiencia, no necesariamente la relación interpersonal. Esto la libera de depender de condiciones externas y la convierte en un trabajo plenamente interior, que es quizás su rasgo más característico y su mayor posibilidad».
Redacción España

