“Nada de lo humano me es ajeno”. La frase de Terencio, retomada tantas veces por Silo, puede leerse como algo más exigente que una declaración de solidaridad con los otros. Si nada de lo humano me es ajeno, tampoco pueden serlo la violencia, la discriminación, el autoritarismo, la competencia o la manipulación. Si soy capaz de reconocerlos es porque, de algún modo, forman parte de mi paisaje de formación y viven, indisolublemente, en mí.
Ahí comienza una dificultad para quien pretende transformar el mundo: descubrir que no está situado fuera de aquello que quiere cambiar.

Conversando en De lo humano, por AM530 Somos Radio, Lía Méndez introdujo esa incomodidad desde una mirada que ha atravesado su larga trayectoria en el humanismo: no existen dos transformaciones, una personal y otra social, que puedan emprenderse por separado. Aquello que hacemos con nosotros mismos modifica nuestra acción en el mundo, mientras ese mundo actúa incesantemente sobre nosotros.
Dicho así puede parecer evidente. La experiencia de las organizaciones sociales y políticas demuestra que no lo es. Durante mucho tiempo, ciertas tradiciones militantes miraron con sospecha el trabajo sobre uno mismo, como si detenerse en la propia transformación significara distraerse de las urgencias colectivas. Había que comprender las relaciones de poder, conocer la historia, organizar, comunicar, conducir. El trabajo interno podía esperar.
Pero nadie llega solamente con sus ideas a una construcción política. Lleva consigo su biografía, frustraciones, temores, resentimientos, necesidad de reconocimiento, contradicciones, pequeñas violencias aprendidas y todo su paisaje de formación. Eso también actúa, decide, construye relaciones y participa de nuestros proyectos colectivos.
Méndez lo expresó durante la conversación con una pregunta coloquial que desarma cualquier solemnidad: “¿Vas al mundo a impulsar una transformación y por casa cómo andamos?”.
Una organización puede proclamar la solidaridad mientras establece relaciones despiadadas entre sus integrantes; combatir el autoritarismo y construir conducciones autoritarias; denunciar la discriminación mientras humilla al diferente; proponerse liberar a millones de personas y hacer miserable la vida de las veinte que tiene alrededor. La historia de las revoluciones ofrece suficientes ejemplos para comprender que la contradicción entre los fines proclamados y las relaciones humanas utilizadas para alcanzarlos puede terminar reproduciendo, bajo otros nombres, la misma matriz que se pretendía superar.
De allí una de las afirmaciones centrales de Méndez: la formación política resulta incompleta sin formación interna, sin trabajo interno. No propone convertir las organizaciones en consultorios ni sustituir la discusión política por una introspección interminable. Habla de incorporar herramientas para revisar la propia acción: desarrollar la atención, reflexionar sobre lo realizado y sobre aquello que nos proponemos hacer, reconocer las propias contradicciones y disponer de principios capaces de orientar esa reflexión.
Porque mirarse tampoco alcanza si no sabemos desde dónde hacerlo.
La transformación que no puede esperar
Entre esos principios, Lía se detuvo en uno que atraviesa culturas y épocas con formulaciones diversas: la Regla de Oro, tratar a los demás como uno quisiera ser tratado. En la enseñanza de Silo adquiere una particularidad que Méndez subrayó durante la entrevista: “Cuando tratas a los demás como quieres que te traten, te liberas”.
La palabra liberación modifica el sentido de la fórmula. La conducta hacia el otro deja de ser solamente una obligación moral destinada a beneficiar a ese otro, porque aquello que hago con alguien construye simultáneamente algo en mí. Por eso Méndez habla del registro interno de las propias acciones: no de obedecer una norma declarada correcta desde afuera, sino de reconocer qué ocurre en uno cuando la conducta avanza en una dirección coherente y qué sucede cuando la contradice.
Después de más de cuarenta años en el humanismo, ella misma se incluye en ese aprendizaje. Habla de un “intento permanente, cotidiano”, no de una coherencia conquistada de una vez y para siempre. La reflexión sobre las acciones realizadas permite pensar mejor las siguientes y ajustar una conducta que inevitablemente volverá al medio social.
Eso evita convertir la transformación personal en un nuevo pedestal moral desde el cual clasificar a los demás. Tampoco supone fabricar seres humanos impecables que, después de resolver todas sus contradicciones, puedan finalmente salir a transformar la sociedad. Se trata de transformarse mientras se transforma, modificando incluso una cierta concepción de la revolución que aceptó demasiadas veces un presente sacrificial donde los procedimientos quedaban justificados por la luminosidad del futuro prometido.
La sociedad futura empieza a existir —o a fracasar— en las relaciones humanas que construimos para llegar a ella. El ser humano que habitará ese mundo se está formando durante el camino.
Esta perspectiva tiene consecuencias que exceden ampliamente la conducta individual. Si una persona puede reflexionar sobre su acción pasada para modificar la futura, una organización y hasta una sociedad pueden interrogar sus formas de lucha, especialmente cuando las formas de dominación están cambiando y las respuestas heredadas comienzan a conducir hacia escenarios preparados por el propio adversario.
Cuando el poder necesita que reaccionemos como espera
En la Argentina gobernada por Javier Milei, Méndez observa una política de provocación que no se limita al daño económico y social producido por las decisiones gubernamentales. Su hipótesis es que esa agresión procura, a la vez, generar una reacción violenta que permita justificar el enorme dispositivo represivo dispuesto para contenerla.
La provocación adquiere así una función política. Si el deterioro de las condiciones de vida consigue desencadenar la respuesta esperada, el conflicto se traslada al terreno donde el Estado concentra su mayor capacidad: fuerzas de seguridad, armamento, inteligencia, vigilancia y herramientas jurídicas para administrar la represión.
Sin embargo, mientras el Gobierno multiplicó las provocaciones y la represión, la sociedad argentina sostuvo movilizaciones sectoriales y multitudinarias sin producir la reacción violenta que parecía buscada.
Para Méndez, esa respuesta social terminó frustrando una parte sustancial de la estrategia: hubo conflicto, resistencia y movilización, pero no en los términos que el poder había previsto. Allí la no violencia deja de aparecer como aquello que una lucha decide no hacer para convertirse en una metodología capaz de modificar las condiciones mismas de la confrontación. Si quien está enfrente dispone de una superioridad abrumadora para administrar la violencia, aceptar ese lenguaje como único territorio posible significa comenzar la disputa aceptando su principal ventaja.
La violencia no se limita a producir daño: organiza el escenario del conflicto, establece qué capacidades resultan decisivas y distribuye de antemano lugares de fortaleza y debilidad. Una metodología no violenta altera esa distribución porque se niega a aceptar como inevitable el tablero que el poder propone.
Para quienes conocemos el pensamiento de Silo, esa reflexión resulta inseparable de una concepción de la violencia que nunca quedó reducida al golpe, al arma o a la guerra. La violencia económica, racial, religiosa, sexual, psicológica y moral estructura relaciones sociales y puede naturalizarse hasta hacerse casi invisible. Méndez llevó esa mirada al terreno personal al señalar que nuestra propia biografía puede expresarse en los vínculos mediante formas de violencia “que ya ni se notan en la sociedad”.
La cuestión adquiere entonces una circularidad incómoda: un sistema organizado por distintas formas de violencia no puede ser verdaderamente superado si esa misma estructura sobrevive en nuestras relaciones personales, en nuestras organizaciones y en las metodologías utilizadas para combatirlo.
La fuerza que todavía no reconocemos
Una crítica de la violencia que no consiga proponer alternativas corre el riesgo de convertirse en una declaración ética incapaz de modificar la realidad. Méndez llevó la conversación precisamente hacia la búsqueda de esas alternativas y trajo como ejemplo un conflicto ocurrido recientemente en la Argentina.
Un decreto gubernamental había modificado las condiciones de actuación de los prácticos, los profesionales altamente especializados que conducen las maniobras de entrada y salida de grandes buques en los puertos. Son apenas unos cuatrocientos en todo el país y su conocimiento no puede reemplazarse de manera improvisada. Frente a la medida, dejaron de prestar el servicio. Los barcos dejaron de entrar y salir. El Estado intentó recurrir a personal de la Armada y descubrió que no podía sustituirlos; luego llegaron las intimaciones. Los prácticos mantuvieron su posición y la medida terminó suspendida.
La experiencia pone en evidencia una forma de poder que suele permanecer oculta hasta que alguien decide ejercerla. La fuerza de aquellos trabajadores no provenía de su capacidad de producir daño físico ni de una superioridad numérica, sino del lugar preciso que ocupaban dentro de un mecanismo que no podía funcionar sin ellos.
La pregunta por las nuevas formas de lucha podría comenzar justamente allí: ¿cuántas capacidades semejantes existen en una sociedad sin que quienes las poseen hayan reconocido todavía su potencia?
En estos mismos días hubo otra acción, completamente diferente, que permite mirar el problema desde el territorio de los símbolos. Una veintena de activistas llegó vestida como Gandalf hasta la casa que el magnate tecnológico Peter Thiel compró en Buenos Aires. Thiel, cofundador de Palantir, tomó para esa empresa el nombre de las piedras videntes de El Señor de los Anillos. Los manifestantes se apropiaron de su fascinación por Tolkien y desplegaron frente a su residencia la frase con la que Gandalf enfrenta al Balrog: “You shall not pass”. No pasarás.
Una acción diminuta frente al poder económico de uno de los grandes multimillonarios tecnológicos del planeta consiguió circular profusamente por redes sociales y por medios de distintos países, logró instalarse, porque encontró el punto preciso donde un símbolo podía ser invertido. No podía afectar la fortuna de Thiel, pero consiguió arrebatarle el control del significado de aquello que él mismo había elegido para representar su poder.
Los prácticos que interrumpen un mecanismo y los Gandalf que invierten un símbolo no constituyen, por supuesto, una fórmula común ni un catálogo de acciones para reproducir. Señalan algo más significativo: la fuerza social admite magnitudes diferentes de aquellas con las que habitualmente la medimos.
Frente a la cantidad de armas, dinero, policías, cargos o medios de comunicación pueden aparecer otras capacidades: organización, legitimidad, conocimiento imprescindible, creatividad, coordinación, posibilidad de interrumpir un mecanismo, retirar colaboración, hacer el vacío o producir un símbolo que otros puedan reconocer y multiplicar.
Méndez no presentó estas experiencias como una teoría terminada. Su propuesta fue investigar. “Hay que investigarlo, hay que inspirarse”, sostuvo, convencida de que las formas de dominación contemporáneas exigen revisar las metodologías con las que pretendemos enfrentarlas.
No se trata de homogeneizar las luchas ni de dictar desde afuera qué metodología corresponde a cada conflicto. Se trata de recuperar la capacidad de observar cada situación sin quedar prisioneros de un repertorio que consideramos eterno porque alguna vez fue heroico. Cuando cambian las formas de dominación, una fuerza transformadora necesita reconocer dónde reside, en las nuevas condiciones, una potencia que quizás todavía no sabe nombrar.
La revolución empieza antes
La conversación había comenzado con la transformación personal y terminó en las formas de lucha. El recorrido parece enorme sólo mientras sigamos imaginando que existen dos escenarios separados: adentro, un individuo ocupado de sus problemas; afuera, una sociedad esperando ser transformada.
Méndez recurrió durante la entrevista al símbolo humanista del Moebius para expresar esa estructura. Como en aquella superficie que parece tener dos caras hasta que se la recorre, no existe un punto preciso donde termine el adentro y comience el afuera. El ser humano es histórico y social: transforma el medio que lo constituye y ese medio, transformado, vuelve incesantemente sobre él.
Desde esa perspectiva, una revolución que promete liberar al ser humano mañana mientras lo degrada hoy contiene una contradicción que ninguna victoria futura podrá resolver. Del mismo modo, una transformación personal que se desentienda del sufrimiento de los otros terminará convertida en una sofisticada forma de aislamiento.
Cambiar el mundo mientras nos transformamos en él supone revisar nuestras acciones sin abandonar la acción; construir fuerza sin convertirla en violencia; reconocer al otro como alguien cuya humanidad no desaparece porque esté enfrente; inventar nuevas formas de lucha cuando las antiguas conducen exactamente hacia el lugar donde el poder nos espera.
El futuro, entonces, no comienza después de la victoria. Comienza en los procedimientos que elegimos para acercarnos a él, en los vínculos que construimos, en aquello que hacemos con quien piensa diferente y hasta en el tipo de ser humano que vamos produciendo en nosotros mismos mientras pretendemos transformar la sociedad.
Tal vez allí se encuentre uno de los desafíos más profundos de una revolución verdaderamente humanista: no postergar para el mundo que queremos construir al ser humano que queremos ser.
Redacción Argentina
